31.7.14

El mito de la diversificación

Juan Mendoza

El Plan Nacional de Diversificación Productiva tiene el loable objetivo de incrementar la tasa de crecimiento económico y reducir la vulnerabilidad del país a choques externos. Asimismo, muchas de sus líneas de acción buscan, acertadamente, reducir los sobrecostos que genera la regulación estatal inadecuada y simplificar la maraña de trabas burocráticas que aletargan la iniciativa privada.

Pero el elemento central del plan es diversificar, es decir, ampliar la canasta exportadora y reducir la variabilidad en la productividad. Y este es el problema esencial porque no hay evidencia que sustente la necesidad de una política de diversificación para dejar el subdesarrollo. La diversificación en las economías más desarrolladas de hoy no fue el resultado de ningún plan estatal. No fue el Ministerio de Transportes holandés el que instruyó a los armadores sobre el potencial de la construcción de barcos en el siglo XVII. Tampoco fue el Ministerio de la Producción inglés el que iluminó el accionar de los empresarios textiles en la primera mitad del siglo XVIII. Y no hubo atisbo de planificación en el fenomenal crecimiento de Estados Unidos durante el siglo XIX. 

El estudio de las recientes experiencias de desarrollo en Asia confirma la inexistencia de una relación causal entre políticas de diversificación y crecimiento. Los trabajos de Alwyn Young dejan en claro que la productividad no creció en Singapur debido a la política industrial sino como consecuencia de la acumulación de capital. Paul Krugman llega a conclusiones similares sobre la planificación industrial en Japón. Y, tal y como diversos colegas lo han señalado, la economía peruana es mucho más diversificada hoy que hace quince años sin necesidad de ningún plan específico. En efecto, nuestra canasta exportadora ha crecido en más de 50% durante los últimos diez años. Es decir, la diversificación es en el Perú consecuencia, no causa, del desarrollo.

En todos los países que han alcanzado el progreso, el motor del desarrollo de la iniciativa privada fue el sistema de precios. Los precios relativos, altos o bajos, son la única señal que requiere el funcionamiento eficiente del sector privado. Y han sido la libertad económica, el respeto a la propiedad privada y a la iniciativa individual los elementos en común de todas las experiencias exitosas de desarrollo en los últimos doscientos años. La planificación central ha sido un fracaso siempre. ¿Cómo así un burócrata iluminado puede identificar mejores oportunidades que un empresario cuya supervivencia depende de tomar decisiones adecuadas?

El plan detecta correctamente la inadecuada acción estatal como una barrera al crecimiento. En efecto, la principal barrera a nuestro desarrollo ha sido el Estado, que, incapaz de proveer bienes públicos esenciales, se ha esmerado en obstaculizar el emprendimiento. Es así un acierto toda política destinada a mejorar la calidad de la salud y educación públicas y la provisión de seguridad. Y sería un enorme acierto que este debate nos ayudara a seguir liberalizando nuestra economía. La excesiva regulación laboral es el enemigo número uno de la eficiencia de los trabajadores.

Recordemos que la razón fundamental por la que somos vulnerables al exterior es porque nuestra economía es pequeña y abierta. Y esa vulnerabilidad depende poco de la canasta exportadora del país o de la importancia de la manufactura. El plan tiene nobles objetivos, pero el camino al infierno está lleno de buenas intenciones.

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